El juego de morir

E

Sebastián Fonseca acostumbraba morir cuatro o cinco veces por mes; en invierno, más. Ese hábito de concebir la propia defunción, de flirtear en vida con la parca, no se favorecía del miedo o el morbo, como estimaban los contados amigos que andaban en el secreto. La fantasía de Sebastián hallaba su alimento en la curiosidad y, sobre todo, en las aguas convulsas de la rebeldía, deseaba concertar a su gusto el último suspiro, suplantar al destino.  

En la callada intimidad de su pequeño apartamento, se plantaba de pie frente al espejo enmarcado en madera de castaño fingido que adornaba la salita. Contemplaba su rostro de hombre joven, sano, eludiendo la nariz prominente, demorándose con fruición en las pupilas verdes; enseguida la imagen comenzaba a desvanecerse, entonces proyectaba sobre el cristal deshabitado la película de su improbable muerte.

Un atardecer de domingo otoñal se vio morir anciano, tal vez centenario, en una cama aún por inventar que flotaba en la estancia tolerando alegremente el fardo de su decrepitud. Le acompañaban tres hombres ya maduros, dos de ellos calvos, en quienes creyó advertir el brillo de los ojos y la manera de moverse de sus hijos. Aunque Sebastián no tenía descendencia había dispuesto engendrar tres varones y conocía al detalle, gracias a sus excéntricos trajines premonitorios, los ojos y ademanes de Marcos, Sebastián y Guillermo, el niño intermedio llevaría su nombre para suavizar el efecto sándwich.

En otra ocasión falleció tras una barricada urbana, quebrado su pecho por la pólvora de un fusil monárquico mientras combatía en alguna incierta insurrección del pasado remoto. Su inventiva salvaba con garbo los estorbos del tiempo y el espacio; también los del saber, sus módicas nociones en materia musical no resultaron impedimento para que, en una noche de insomnio perseverante, su cabeza se desplomara sobre el teclado de un piano en el preciso momento en que acometía el último acorde de Satin Doll, alcanzando así la gloria efímera pero diáfana de morir forjando música. “Duke Ellington, nada menos…”, le espetó orgulloso al espejo cuando, terminada la función, este le devolvió su rostro saludable, la nariz turgente, la mirada verde. 

Procuraba elaborar una defunción distinta para cada nueva oportunidad, aunque dispusiera de algunas preferidas que reponía cuando las musas se acomodaban en el dulce, apacible lecho de la desidia. Esto cambió al poco de conocer a Graciela. La mañana siguiente a la primera noche que pasaron juntos, convertidos por trechos en un único ser, criatura bicéfala y hermosa, vio por azar en el espejo del lavabo, mientras ella aún dormía, cómo expiraba con la cabeza recostada sobre su pubis, besando con el último aliento los rizos azabache. Se le antojó el más feliz de los decesos posibles, pues Graciela lo acogía abrazando su espalda con las piernas desnudas -los sedosos talones entrelazados sobre su coxis- y más aún porque, ya difunto, penetró en ella con todo su cuerpo. “Es como cuando nací, pero en sentido inverso. Una simetría vital exquisita”, dictaminó.

Aquella mañana arrojó todas sus muertes, venidas y venideras, hacia las ociosas telarañas del olvido. Y ya solo vivió una, siempre la misma. Ahora no con esa ridícula frecuencia de una vez a la semana sino a diario, de continuo, en cualquier espejo que hallase en sus caminos cotidianos, en la esfera de su reloj, en los escaparates, en el vaso de agua, en la cucharilla de remover el café, en el azucarero metálico… incluso en las pupilas de ella cuando miraba sus ojos desde cerca. 

Entregado a una plácida impudicia, se solazaba paladeando el cosquilleo de los rizos en su mejilla, el olor a mar pulcra que se alzaba por los cauces de la nariz hasta inundar de ventura su corazón, la calidez brumosa de la oquedad donde se arrebujaría como un niño sabio.

Al cabo de un mes febril, mientras reiteraba por enésima vez la ceremonia de morir de mentira frente al espejo de la salita, oyó saltar los plomos. Percibió cómo naufragaba la estancia en una oscuridad espesa pero continuó, flemático, contemplando en el cristal su último trance, como si estuviera en un cine. Al poco le sobresaltó que Graciela abandonara su habitual postura yacente y se irguiese con expresión de alarma. La ensoñación se extendía más allá de lo corriente, ya no era él quien manejaba los hilos. Su fantasía navegaba por ramblas desconocidas, tal vez vertiginosas, a las que jamás había tenido intención de asomarla.

Quiso detener el juego, mas no conservaba vestigios de mando. Su curiosidad y su miedo forcejeaban sin tomarle en consideración; amordazada su voluntad, Sebastián quedó reducido a mero espectador de sí mismo. 

Triunfó la curiosidad, ocasionando un desasosiego glacial en forma de escalofríos que escalaban veloces sus vértebras para congregarse en la nuca: el espejo le mostraba su funeral, los rostros enlutados, los erráticos regatos que brotaban de los ojos de Graciela, las mandíbulas constreñidas de sus amigos. Ella levantó la tapa del féretro y ubicó entre sus manos lacias un pequeño espejo ovalado, y ahí la inquietud de Sebastián se tornó angustia, pues sospechó que obraba así para que él pudiera, desde la eternidad, soñar de tanto en tanto que aún vivía. Su razón le insinuaba que acaso estuviese realmente muerto.

Ya no importaba la suavidad de los rizos en la mejilla, ni su fugaz caricia en los labios, ni tan siquiera el terso olor a salitre alojado en el pecho. El derrotado miedo renacía, tardío, conquistando todo su interior; solo importaba la materia, el pánico a la nada, la inminencia del postrero sendero, pasadizo sin contornos ni retorno. Cuando Graciela bajó la cubierta del ataúd el espejo de la salita, inocente pantalla, también quedó oscuro a sus ojos. 

Se aferró Sebastián a la quimera de que la luz volviese. En vano. Ningún fusible había saltado, la salita se hallaba iluminada. Y volver es un privilegio, o una vergüenza, que solo quien se ha ido puede merecer.

Alfonso Vella

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