Cría Cuervos

C

Guillermo Aguirre salió del Whisky Jazz Club con un aspecto bastante peor del que presentaba al entrar. Se sentía tan asustado como si acabara de escupirle en el culo el mismísimo diablo.

Nada delataba su espalda, empapada en un sudor helado inmune a las miradas; ni la flacidez de sus piernas, que disponían de espacio suficiente para temblar con plena intimidad bajo los pantalones de pana azul; pero sí su rostro, pintado con el color -si así se le puede llamar- de quien ya lleva muerto algunos días o anda en tratos fraternales con el delírium trémens. Se encontraba, sin embargo, completamente vivo; y ni siquiera había terminado su primer bourbon. 

La palidez, después de todo, le sirvió para enmascarar su fuga. Le mareaba el ambiente cargado del local, afirmó. Saldría un momento para refrescarse con el aire limpio, regresaría pronto. Visto el lamentable semblante de Guillermo, su contertulio no malició. En el último segundo antes de ganar la calle volvió la cabeza sin disimulos, como correspondía a su condición de fugitivo primerizo, para asegurarse de que nadie le seguía. Así era, al menos por el momento.

Recibió en su rostro el frío otoñal de Madrid con alivio precario, estimándose provisionalmente a salvo. Corrió calle arriba, pese a la sensación de irrealidad que invadía sus piernas, con el urgente propósito de hallar refugio en su habitación. No. Mejor dar un rodeo: si alguien iba tras sus pasos y lo veía entrar al hotel, estaría perdido. El tipo de la cabina quizá solo fingía hablar por teléfono, acaso lo vigilaba; igual ese otro que paseaba con expresión inocente un perro pequinés. Tal vez alguien acechaba.

Recordó un cuento de Villiers de L’Isle-Adam, El tormento de la esperanza, en el que a un reo de la Inquisición se le consiente una angustiosa huida desde la mazmorra donde a diario es torturado hasta la última puerta de la prisión, tras la cual lo están aguardando.

Vio venir un taxi libre. Lo detuvo. Traicionando su costumbre ocupó el asiento trasero: necesitaba reflexionar sin estorbos, sentarse en el delantero -razonó- equivalía a promover una charla que posiblemente versaría sobre fútbol, toros, mujeres o climatología, sazonada con alusiones a las madres de otros conductores y a los pitones del concejal encargado de regular el tráfico rodado. Ninguno de estos temas le apasionaba en aquel momento.

Al chófer, un joven de apenas veinte años, le entusiasmó el encargo. Enfocó a su cliente por el espejo retrovisor con el gesto más grave que supo improvisar y cabeceó gravemente, pretendiendo expresar con el ademán: Está usted en buenas manos.

Lo que más impresión causaba a Guillermo no era la índole inverosímil de lo acontecido en el Whisky. Le aterraba cuanto pudiera ocurrir en el futuro más cercano. Desconocía las facultades de su antagonista; también sus intenciones precisas, aunque estas podía imaginarlas.

Tras unos minutos de trayectoria errática, el taxi quedó atrapado en un atasco. Le sorprendió que pudiese haber un atasco a las doce y cuarto de la noche, pero enseguida recordó que se encontraba en Madrid; allí, según prometía la propaganda turística, “todo es posible”. Mientras el coche estuvo encallado, el taxista lanzaba a través del espejo encogidas miradas, como calibrando hasta qué punto sería recriminada su incompetencia. Me dice que tal vez lo estén siguiendo y yo me meto en un embotellamiento. ¿Qué estará pensando de mí?, parecían inquirir de soslayo, sobre el cristal del retrovisor, sus ojos huidizos. Guillermo también miraba intranquilo hacia atrás y hacia la angosta bocacalle que nacía a la derecha, sopesando la eventualidad de una huida a pie si las circunstancias llegaban a recomendarlo.

Ya fuera del atasco, el taxista probó a consolar su orgullo herido con el bálsamo de la suspicacia:

El muchacho, disuadido de toda réplica por la dureza con que su pasajero lo había degradado al tuteo, guardó prudente silencio. Para resarcirse comenzó a saborear la escena de mañana, cuando relatase a Vanessa, su novia, la excitante aventura. Omitiría los detalles que le dejaban en peor lugar y añadiría otros escandalosamente apócrifos: su pericia para despistar, a 170 por hora, a un Mercedes color negro que le pareció sospechoso y su destreza esquivando rutas donde podían producirse embotellamientos: ”Me conozco Madrí como la palma de mi mano, chochete”.

Entretanto Guillermo reconstruía las horas precedentes. Después de almorzar con su editora había dedicado la tarde a trabajar, en el hotel, en un relato breve de género negro. Se sentía satisfecho con la marcha de su nuevo cuento. Tanto, que no quiso interrumpir la escritura y encargó una cena fría en la habitación. Sin embargo, no fue capaz de construir un buen desenlace. Escribió cuatro distintos, sentenciados uno tras otro al escarnio de la papelera. Sobre las once salió del hotel para espabilarse y le asaltó la ocurrencia de que le vendría bien escuchar música. Se encaminó hacia el Whisky Jazz Club sin informarse acerca de quién actuaba.   

Empujó la puerta, dio unos pasos y se detuvo a la entrada. El primer pase había comenzado; la sala estaba en penumbra, esa iluminación pudorosa que incita a los presentes a no charlar entre sí e interesarse por lo que acontece en el escenario. Había tanto público que resultaba imposible avanzar. Desde allí oyó cantar All the things you are y My favourite things a una joven negra de voz poderosa, el pelo largo y esponjoso descendiendo su espalda. La deseó furtivamente y sin convicción.

No terminaba de creer la situación en que se había visto envuelto después, pero esa incredulidad no alcanzaba a tranquilizarlo. De tanto en tanto, desconfiando de su eventual chófer, volvía la cabeza para escudriñar los coches que circulaban detrás.

En la Plaza de los Delfines, beneficiándose de la pausa que imponía el semáforo en rojo -un rojo sintético, horroroso, imposible- admiró el agua que ascendía desde el surtidor de la fuente; envidió su facilidad para cambiar de hechura: unas veces subía más, otras menos, no era posible determinar hasta dónde iba a alcanzar ni hacia qué innumerables destinos irradiaría la inasible, veleidosa espuma. Envidió también a los ociosos delfines de bronce: nadie se propondría atarlos, amordazarlos, apalearlos, quemar su piel con cigarrillos, arrojarlos al Manzanares con un adoquín amarrado al cuello.

Siguió recordando: acabado el primer pase, buena parte de la concurrencia abandonó el local, solo entonces pudo desplazarse hacia el interior. Pidió en la barra un Wild Turkey sin hielo y se acomodó junto a una mesa libre próxima al escenario, en espera del segundo pase.

Al poco le abordó un hombre tosco, con unos cincuenta años a las espaldas y tal vez treinta, quién sabe si cuarenta kilos de más confortablemente desparramados en los alrededores de su cintura. Recordó una broma memorable de su madre: “El marido ideal es el hombre gordo: en invierno te da calor; y en verano, sombra”.

Guillermo comenzó a sentirse incómodo, pero su curiosidad de escritor, el afán por conocer gente de toda ralea, impuso dejar a un lado sus escrúpulos. Consignó con creciente alarma que el hombre era zurdo, fumaba sin tregua y bebía con tragos ruidosos su whisky escocés. El desasosiego hizo sitio a la incredulidad y la angustia cuando reparó en que, por si fuera poco lo antedicho, le faltaba el dedo pulgar de la mano derecha. Intentó confirmar su sospecha:

Guillermo, aterrado, se obligó a seguir hablando. El tuteo ya no cabía, a un enemigo jamás se le tutea:

Por fortuna, el madero no captó la sutileza del nuevo tratamiento:

Terminado el repaso de los hechos se aventuró por fin a desafiar el peligro de volver, ordenó al taxista que lo dejase en el hotel Los Galgos.

Guillermo supo gracias a una pequeña placa azul -apenas alcanzaba a descifrarla desde el coche- que se encontraba en Serrano, calle alargada y anchurosa que le trajo recuerdos de su niñez: El Palé. Lástima -pensó- que la cosa no sea tan fácil como entonces, cuando la podía comprar con un puñado de billetes y, si la cosa iba bien, edificar en ella casitas verdes y hoteles rojos para expoliar a los compañeros de juego… Aunque yo ahora me compraba Lavapiés, que es más bonita.

No podía, como antaño, comprar calles ni plazas, estaciones ni compañías de electricidad o agua, si acaso alquilar alguna modesta buhardilla; tampoco podía esperar la salvaguarda que su padre y su hermano mayor le proporcionaron siempre en la infancia. De modo que se entregó a discurrir cómo podría soslayar, o al menos aligerar, el fardo inaudito que había caído sobre sus hombros en el club de jazz.

Hizo parar al taxi justo frente a la puerta del hotel. Abonó la carrera y escudriñó el exterior, la calle medio desierta le infundió aliento para salir. Tenía un plan. Alcanzó a paso ligero su habitación y echó el cerrojo. Buscó entre sus papeles el relato, aún inconcluso, que había escrito esa misma tarde. Lo leyó desde el principio, deteniéndose en algunos párrafos:

(…) Era lo bastante abominable para tildarse a sí mismo de ”fascista ejemplar, patriota implacable, fiel exterminador de yonquis, travestis, maricones, bolleras, moros, sudacas, negros y demás escoria” (…) Fumaba un winston americano tras otro, como si le fuese la vida en ello, y bebía whisky escocés -jotabé- con tragos largos y ruidosos, sujetando el vaso y el cigarrillo en su mano izquierda: aparte de siniestro, era zurdo; o acaso otorgaba primacía a esa mano para que la opuesta, que carecía  de pulgar, no resultase demasiado llamativa (…) A despecho de su formidable barriga, presumía de ser el agente más en forma de la urbe. A esta cualidad ausente agregaba la pretensión de pasar desapercibido en cualquier ámbito. Ahora estaba en el Whisky Jazz Club, convencido de que nadie sabría presagiar en su oronda persona a un policía camuflado.

Guillermo reflexionó un par de segundos y añadió en el papel:

Por fortuna para la humanidad en general y para sus congéneres más próximos en particular, su incursión en el club de jazz finalizó con un fulminante ataque al corazón: no pudo terminar su séptimo jotabé.

Le pareció un final de nula calidad literaria, grosero, pero también que no era el momento ideal para detenerse a la espera de esquivos hallazgos expresivos.

Suspiró satisfecho, aliviado. Abandonó la habitación y se dirigió de nuevo hacia el Whisky. Al llegar observó cierto revuelo a la entrada. Tres hombres se esforzaban en acarrear el cuerpo voluminoso del sujeto con quien antes había charlado.

Guillermo les aclaró:

Sin esperar más preguntas penetró en el club de jazz y se acodó en la barra. Cría cuervos, y te sacarán los ojos, pensó. 

Con la conciencia limpia, pidió un Wild Turkey sin hielo que apuró pausadamente. 

Alfonso Vella

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